La prosperidad de una nación latinoamericana está basada en el grado de industrialización que ésta alcance, sobre todo si la industria está a cargo de gente "buena" como son los que integran los gobiernos de izquierda o los empleados, hasta hoy explotados, de las fábricas. Este es uno de los "mandamientos" que el catecismo progresista blande históricamente dejando de paso regada la idea de que la ciudad y sus chimeneas son en favor del pueblo mientras que el campo y sus extensiones son únicamente en favor de unos pocos estancieros.
Obviando la posible influencia del mayor viento de cola recordado en el Uruguay ésta y otra serie de premisas han estado fuera de discusión, entregándosele a la gente un relato que dice mas o menos que al llegar el Frente Amplio al poder llegó el interés por los pobres y desposeídos. Las objeciones serían cháchara y tecnicismo burgués mientras el sol del precio de los commodities brille.
Los tres chanchitos es una fábula de autor anónimo y perdida en la historia. Tres hermanos hacen su casa pero con un nivel de seguridad acorde al esfuerzo que cada uno estaba dispuesto a hacer y según su temor al lobo feroz. Las casas de paja y madera de dos de los hermanos menores es fácilmente destruida por el soplo del lobo pero no así la que el más responsable de los cerditos hizo: la de ladrillos.
El viento hoy está del lado de la puerta y empiezan a agrietarse estas verdades reveladas y progresistas.
Las empresas que han sido cerradas por sus originales empresarios por la inexistencia de un negocio y que hoy son "autogestionadas" serían la fiel representación de la casa de paja que el viento se lleva puesto sin la menor clemencia. Solamente el aporte de todos los uruguayos, a través del FONDES, mantiene vivas estas industrias por la conexión a un respirador artificial: el dinero de aquellos que lo generan auténticamente. No era verdad que la fábrica se cerró por que los inversores eran corruptos o neoliberales.
Las industrias que hoy se quedaron sin negocio porque su rentabilidad estaba condicionada a seguir viviendo en el paraíso de los precios, o merced a la solidaridad de alguna nación "compañera" son las casas de madera que el lobo feroz se come en dos panes. Desaparecido el socio de la patria grande o la voracidad de un mercado insaciable, todo aparece como realmente era. No era posible pagar la energía eléctrica más cara del mundo o el combustible que no solo sirve para remunerar al vendedor sino para financiar el carnaval electoral de los directores de ANCAP. No era posible tener una empresa basada en la mano de obra y convivir con el desborde sindical fuera de madre, sin pagar un alto costo por ello.
Como en todas las crisis de la historia, las casas de ladrillos permanecen sufriendo pero firmes. La ganadería y la agricultura, que se han forjado en la intemperie del mercado, tienen un negocio auténtico que no pende de un hilo. Hacen lo que los uruguayos saben hacer mejor y son por eso competitivos. Pese a su resiliencia, la ganadería en particular ha sufrido la sospecha de enriquecimiento ilícito desde aquel Batllismo a esta versión 2.0 Frentista, pero es por eso mismo que todo el mundo la busca cuando llega el lobo feroz.
