Steven
Spielberg quedó tan conmovido con el libro “La lista de Schindler”
que se sintió inmaduro para llevarlo al cine con la objetividad necesaria y
como para no mezclarse en el dolor del guión. Es por eso que intentó sin éxito
que otros directores lo hicieran en su lugar. Finalmente tomó la decisión de
sacarlo adelante y optó por Liam Neeson
para Schindler produciendo al fin una de las mayores obras de arte del cine.
Quienes
no tuvieron el privilegio de ver el film deben simplemente saber que este
hombre de negocios alemán gozaba de la confianza del ejercito nazi y se
aprovechó de ella para emplear judíos en sus fábricas “al servicio” del Tercer
Reich. Las fábricas eran en verdad la forma que encontró para salvar vidas
judías en la sufrida Polonia que tuvo en Hitler la maldición más dura que un
pueblo puede padecer.
La
película no es sobre la guerra o sobre el holocausto del que ya sabemos
bastante, sino del momento intransferible y único de hacer una lista cercana a
los mil nombres que se debían elegir entre los cientos de miles que realmente
terminaron condenados.
Salvando
las distancias, una emoción similar me embargó en estos días escuchando una
entrevista en El Espectador de Emiliano Cotelo a Nicolas Herrera y Fabricio Patriti presidente de la fundación y
director del liceo IMPULSO respectivamente. Este emprendimiento enclavado en el
barrio Casavalle de Montevideo, financiado por empresas colaboradoras tiene el
mismo y maravilloso objetivo de otros proyectos ejemplares y consiste en dar a los más pobres una oportunidad de excelencia,
valores y superación.
Comenzaron
este año con 100 adolescente de primer año de liceo a los que se les dará una
formación secundaria superior a la media de los colegios privados del Uruguay y
habrá simplemente de transformar - como el rey Midas - todas las vidas que se tocan en oro. Con 10
horas de clase por día y con formación bilingüe estos jóvenes egresarán con la
libertad de elegir, algo tan valioso pero que hoy no tienen. Este centenar de candidatos
fue elegido entre 350 aspiraciones tan legítimas como las que finalmente quedaron
en el programa. El método de elección fue el azar del sorteo entre aquellos -
la enorme mayoría - que cumplían requerimientos elementales de edad.
Los
250 restantes junto con toda la comunidad de los adolescentes pobres de este
país les quedará para defenderse las sobras cada vez menores del gasto salarial
cada vez mayor que recibe la educación de este país; la mezcla de lástima y
clientelismo oficial que sus padres recibirán del gobierno; los planes que
prolíficamente lanza el Mides con ingeniosos nombres que más parecen un
programas de televisión que una obra social; la estúpida visita de un visitador
social que busca tranquilizar su conciencia y cumplir su horario lejos del objetivo
de su paciente.
¿Alguien
piensa que con este paquete se consigue rescatar a alguno de esto jóvenes?
Habiendo perdido el tren quedarán a cargo de los sindicatos de la enseñanza que
disfrazarán su odio a la excelencia, su utilización del sistema en provecho
propio y su desidia profesional para disimular su egoísmo y falta de
patriotismo. En una utilización inmoral del prójimo usarán la pobreza de sus
víctimas y pedirán el apoyo a la causa nacional de la educación de estos
jóvenes para servir a la ideología más perimida y obsoleta de las que tenemos
noticias.
El
método del sorteo es incuestionable en justicia pero como me habría gustado
obligar a los docentes de la enseñanza pública a representar el papel de
Schlinder y tener que decidir mirando a los ojos de nuestro futuro: tu sí y tu
no. Su vida cambiaría para siempre y estaría claro con que están jugando.

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