Entre ellas el conjunto de síntomas que
adornan al socialismo del siglo XXI y que resumidamente llamaremos
Kirchnerismo. Se trata de un síndrome que, con diferentes velocidades, aparece
en todos los países latinoamericanos que se instalaron bajo el vegetariano
título de progresistas.
El proceso de incubación es de duración
variable. En casos como Argentina o
Venezuela el mal aparece de forma repentina y aguda mientras que al otro
extremo países como Uruguay experimentan los síntomas gradualmente haciendo que
la enfermedad se agrave y se vuelva crónica, y por lo tanto de más difícil
combate.
Para que el test de Kirchnerismo marque
dos rayas, se deben presentar simultáneamente una serie de síntomas. Como el
populismo manda, debe haber una sensación de que la sociedad está partida en
dos: los que están con el pueblo, lo aman y desean lo mejor para él y los que
aspiran exactamente lo contrario. Aquellos que inspirados y alentados por Estados Unidos se regodean con la existencia
de pobres y explotados. La disfrutan enormemente.
En sus etapas iniciales el mal conduce a
la aprobación de leyes de inclusión, equidad, igualdad, etc. que en resumidas
cuentas aprueban el matrimonio de todas las combinaciones de especies del reino
animal tomadas de a dos.
Para los países infectados, se registra
una paulatina inflamación del estado, que incorpora directamente empleados
públicos o que tiene bajo un régimen de limosna a una porción creciente de la
población. Estos “afortunados” tienden a permanecer vinculados al gobierno ya
que habiendo experimentado pasta base no pueden dejar de consumirla. El voto de
los “mantenidos” es el único voto seguro en próximas elecciones. Por el
contrario, los sectores que producen y mantienen toda la “misce en scene” empiezan
a experimentar una anemia asociada al acoso tributario que solo termina cuando
el organismo parasitado deja de latir.
Es común en este tipo de paciente que las
cosas que hace le salgan mucho mas caras que al resto del mundo. Por un
mecanismo que la ciencia aun no ha podido develar, si se hace una planta industrial
o se construye infraestructura, el costo será de cuatro veces el razonable y no
pocos personajes orbitantes del sistema, se volverán inmensamente ricos.
Los países infectados tienden a negar la
realidad. Se autodenominan autores de todo aquello que salga bien y tercerizan
la culpa en fuerzas ocultas de derecha bajo la teoría del complot permanente.
Las custodias de sus gobernantes son profusas porque como es fácil de entender
todo el mundo capitalista quiere borrar del planeta a los molestos mesías que
vinieron para salvar al pueblo.
Si el contexto dejara de acompañar, se
hacen cálculos precisos para que el país gobernado estalle una semana después
de entregar el poder. Los subsidios absurdos e indiscriminados, los gastos del
estado irreductibles, las fuerzas productivas en ruina son todos componentes de
una herencia que hará la vida imposible al sucesor. Los medios de prensa se
volverán repentina y masivamente de derecha y “malos”, valga la redundancia, y
los ciudadanos, cadena nacional mediante, estarán obligados a estar “contentos”
Como una fiebre incontrolable, la inflación es
el síntoma terminal de la enfermedad, producto del gasto impúdico del estado.
El ministro de economía adjudicará la desgracia
a los empresarios inescrupulosos de derecha, prometerá mano dura, azuzará al
pueblo al linchamiento y el paciente comenzará a delirar. Lamentablemente
recién en esta etapa tendremos una idea de la enfermedad que enfrentamos con
relativa certeza. Ojalá la ciencia nos provea de herramientas para un diagnóstico
precoz de este mal, que al dia de hoy, solo podemos confirmar mediante la
autopsia de la víctima.

Pablo, como siempre muy bueno!
ResponderEliminar"En Uruguay todo parece suceder mucho después de lo que ocurre en el resto del mundo." Así empieza tu astuto artículo, y ese pensamiento es lo quiero usar yo para mi comentario. Porque creo que auto-flagelarse con declaraciones que vuelven a Uruguay un paisito de morondanga no es ni correcto ni leal ni productivo. Si llegamos tarde, puede ser justamente porque no nos abalanzamos a cualquier cosa; capaz que porque pensamos un poco mas que otros países; o porque somos un poco menos dados a la novelería y a la frivolidad. Sí, es verdad, después puede ser que caigamos en las garras de los mismos errores que cometen los otros. Pero yo propongo que se empiece a luchar contra la clásica tristeza rioplatense que nos hace a los uruguayos siempre empezar por caernos a nosotros mismos. Como padre, como patrón, no te da mas resultado cuando tenés que retar a alguien, empezar por reconocer lo que hacen bien, y construir sobre eso? ( En otras palabras, si soy tan horrible no me vale la pena ni tratar de mejorar, total, para qué? Sigo hundido en mi horriblez y chau.)
ResponderEliminarGracias, Pablo, por estirarnos y por obligarnos a pensar. Qué bien hace, che.
Unknown, puede ser que, como dices, hoy seamos menos dados que otras sociedades a la noveleria de abalanzarnos sin pensar sobre cosas e ideas. Puede ser que efectivamente ahora lo seamos. Pero no siempre lo fuimos. El Uruguay inmigrante, el que supo crecer y hasta destacarse en el mundo, por el fútbol pero no sólo ni principalmente por él, no era así. Decididamente no lo fue. En la enseñanza, en la educación (que no es lo mismo), en la salud, en la civilidad, en la aceptación de las ideas del otro sin agraviar ni agredir, en la integración sin distinción de clases, en la creencia del trabajo duro como forma de progreso y realización material y humana. Hasta en la construcción de estadios centenarios y palacios legislativos en tiempos récord. Fuimos muy abiertos a las ideas, algo imprescindible para poder separar el cerno de lo que pueden ser simples novelerias. Todo eso fuimos y todo eso hemos ido perdiendo en ese afán de volver a inventar la rueda una y otra vez. Pero no está escrito que no podamos volver a serlo. Para ello es imprescindible en primer lugar identificar correctamente el obstáculo. Ninguna cura es posible sin un previo diagnóstico correcto, y a veces ni siquiera eso alcanza. Parafraseandote, ver en qué somos hoy mediocres, o incluso hasta horribles, para por allí comenzar el intento de una mejora. Si es que creemos que hay algo para mejorar. Que obviamente implica a su vez ver, y por qué no reconocer, lo que se hace bien. No para regodearse en ello, sino para utilizarlo de cimiento para seguir adelante. En las sociedades rara vez existen aguas estancas. El tema es lograr que la corriente nos empuje hacia adelante en vez de retrocedernos. No es fácil, pero es imprescindible si queremos evitarle a nuestros hijos una sociedad frustrada de empleados públicos o de permanentes asistidos sin contraprestacion.
EliminarUnknown, puede ser que, como dices, hoy seamos menos dados que otras sociedades a la noveleria de abalanzarnos sin pensar sobre cosas e ideas. Puede ser que efectivamente ahora lo seamos. Pero no siempre lo fuimos. El Uruguay inmigrante, el que supo crecer y hasta destacarse en el mundo, por el fútbol pero no sólo ni principalmente por él, no era así. Decididamente no lo fue. En la enseñanza, en la educación (que no es lo mismo), en la salud, en la civilidad, en la aceptación de las ideas del otro sin agraviar ni agredir, en la integración sin distinción de clases, en la creencia del trabajo duro como forma de progreso y realización material y humana. Hasta en la construcción de estadios centenarios y palacios legislativos en tiempos récord. Fuimos muy abiertos a las ideas, algo imprescindible para poder separar el cerno de lo que pueden ser simples novelerias. Todo eso fuimos y todo eso hemos ido perdiendo en ese afán de volver a inventar la rueda una y otra vez. Pero no está escrito que no podamos volver a serlo. Para ello es imprescindible en primer lugar identificar correctamente el obstáculo. Ninguna cura es posible sin un previo diagnóstico correcto, y a veces ni siquiera eso alcanza. Parafraseandote, ver en qué somos hoy mediocres, o incluso hasta horribles, para por allí comenzar el intento de una mejora. Si es que creemos que hay algo para mejorar. Que obviamente implica a su vez ver, y por qué no reconocer, lo que se hace bien. No para regodearse en ello, sino para utilizarlo de cimiento para seguir adelante. En las sociedades rara vez existen aguas estancas. El tema es lograr que la corriente nos empuje hacia adelante en vez de retrocedernos. No es fácil, pero es imprescindible si queremos evitarle a nuestros hijos una sociedad frustrada de empleados públicos o de permanentes asistidos sin contraprestacion.
EliminarComparto plenamente lo que dijo. Hay que autoevaluarse y sacar lo mejor para seguir adelante, y de lo peor saber darse cuenta que es lo que hay que cambiar o eliminar. No estoy de acuerdo con la política social actual de dar sin recibir nada a cambio. ..en todos los aspectos de la vida siempre se da esperando algo a cambio, mucho más cuando hay dinero de por medio, y más aún cuando ese dinero que estas regalando no es tuyo! El Uruguay no está acostumbrado a autocriticarse porque siempre le cae el bando opuesto a decir "te lo dije" en lugar de decir "dale, vamos a arreglar está cagada juntos". Siempre hay 2 bandos y no debería ser así, porque somos un pueblo solo.
EliminarEspectacular Pablo!!! Felicitaciones por la claridad del diagnostico!!
ResponderEliminarLa pena que todavía como bien en el Uruguay todo va lento, deberemos
soportar algunos años aún de este mal!!
Abrazo grande. Fernando
Pablo excelente columna
ResponderEliminarMis felicitaciones
Gran abz
Luís